martes, 19 de mayo de 2009

¿Dónde coño están todos?

O como dirían los manes de Reciclaje: "¿Dónde están mis amigos que hablaban del punk y la anarquía?" Solo que, a decir verdad, veo poco punk y poca anarquía en este blog. Pero no es el caso. El caso es que con el boom de TUMBLR y los afanes de MiniPlug hemos abandonado este espacio, y no me parece.

Vamos a escupir un poco de verborrea para no olvidar este espacio, porque Kuámasi me lo pidió un día, y porque me da la gana de ocupar mi tiempo en esto.

Les contaré una historia (pongan atención) de cómo mi vida se transformó...

No me hice princesa del rap, ni dueña de toda Bel Air. A decir verdad, me hice esclava del sistema, y no tengo idea de cuándo sucedió, ni por qué... O quizás si.
Me doblegué cuando cumplí 23 años, cuando revisaba mi cuenta bancaria y no tenía ni pa' comerme un perro caliente en el carrito de la esquina, que no me gustan porque me dan cólicos, pero que si me gustaran no me podía dar el gusto de atragantarme uno, por pela bolas, que le dicen.
Honestamente, me tragué toda la palabrería altiva de los años adolescentes para terminar haciendo TODO lo que nunca imaginé que haría: USAR TACONES Y BLAZER; LLEGAR A LAS OCHO DE LA MAÑANA Y SALIR A LAS SEIS DE LA TARDE, CON ALMUERZOS DE DOCE A DOS; REDACTAR DOCUMENTOS CORPORATIVOS, Y finalmente, dejar el punk y la anarquía para los fines de semana. Nunca digas nunca jamás. Algo de eso, y un poco del I TOLD YOU SO que mi abuelo murmuró entre risas cuando salí el primer día a mi trabajo nuevo.
Les digo, chicos, para que se vean en el espejo de mis años. Nunca digan nunca jamás. Hoy tengo 25 primaveras y estoy sentada frente al monitor de la computadora de mi oficina. Sí, mi oficina. Mejor dicho un cubículo gris. Muy gris. Y mi traje también es gris. De pantalón y chaqueta. Un taller, que le dicen.
Las botellas de Baileys, los ensayos de Elaine, las botas Dr. Marteen y las películas en el cine no se pagan solas, y mi madre dejó de pagarlas cuando me hice el segundo tatuaje. Todo es financiado por mi disfraz semanal. El tercer tatuaje también. Esa es mi excusa, o mejor dicho mi razón. Así que no me miren con esas caras (casi puedo verlos, adolescentes meados que creen tener a Dios agarrado por la chiva) ni renieguen de la posibilidad de terminar como yo. Porque a menos que sean los hijos crecidos de Angelina y Brad, o equivalentes venecos de Kelly Osborne, no están lejos de terminar tan disfrazados y tan doblegados como yo.

Es todo. Ahora tengo que ir al baño y tomar agua con los Dwights de mi oficina.

1 comentario:

sam dijo...

Me paso lo mismo, cuando cumplí 18 y comence a trabajar en un banco, ya tengo los tatuajes para justificar y el cabello medio largo, y a los 24 ya se me esta olvidando donde queda la movida, jejejje.